Hizo una mueca, pero no dijo nada.
"Las joyas de mamá se quedan conmigo", añadí. "No por avaricia, sino porque son un recuerdo". Y porque estabas a punto de escribirlas como si te las diera, como si debiera estar agradecido.
Tosió, como si se ahogara.
"¿Dónde viviré?", preguntó finalmente, y por primera vez, una genuina confusión se asomó a su voz.
Lo miré un buen rato. Veintiséis años, no es broma. Todo sucedió: las primeras noches en una cocina alquilada, cuando comíamos pasta y soñábamos con un "apartamento normal". Nuestros viajes a la dacha, donde me enseñó a encender una parrilla. Su risa cuando los niños corrían descalzos por el césped. Y su camisa nueva de hoy —blanca con rayas azules—, como si hubiera ido a una fiesta ajena y hubiera decidido que le darían un pastel de todos modos.
"Ya eres un hombre adulto, Andryusha", dije en voz baja. "Tienes un trabajo". Tienes a alguien a quien le dijiste "Te quiero". Así que empieza tu vida sin quitarme la mía.
Etapa 6. El último as bajo la manga y su palidez, que recordaré para siempre
Intentó recomponerse.
"Puedo... puedo recoger las cosas hoy", dijo con voz profesional. "Y las llaves... y..."
"Espera", lo detuve. "Olvidaste algo".
Abrí la carpeta de nuevo; al fondo, debajo de las copias, certificados y extractos, había un sobre. Grueso, viejo, con la letra de mi madre. Lo atesoraba como una mano cálida del pasado.
"¿Qué es esto?" Andrey miró el sobre como si fuera una granada.
"El testamento de mi madre, el original", dije. "Y una carta. A mí.
"Ya me enseñaste el testamento", intentó mantener la confianza.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
