Don Ramón dejó el sobre sobre la mesa con una delicadeza que no combinaba con sus manos grandes, curtidas por el campo. Yo me quedé mirándolo sin tocarlo

María Elena Salgado Beltrán.

Lo leí muchas veces. Era mío. Era verdad. Era el nombre que me habían robado y que por fin regresaba a mí.

Al salir de la oficina, el sol de la tarde caía tibio sobre la calle. Don Ramón se acomodó el sombrero y me miró con una ternura seria.

—¿Lista para empezar de nuevo?

Respiré hondo. Miré el cielo, los árboles, la ciudad, mis manos ya vacías de miedo.

—No —le respondí, y sonreí por primera vez sin culpa—. Lista para empezar por fin.

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