Durante más de quince años, Rosa y yo dormimos en la misma cama, bajo el mismo techo, respirando el mismo aire…
pero nunca nos tocamos.
No hubo peleas a gritos.
No hubo traiciones públicas.
No hubo escenas dramáticas.
Solo un espacio invisible entre nuestros cuerpos, tan frío como el mármol del cementerio donde enterramos nuestros sueños.
Vivíamos en una casa modesta en Querétaro, de esas donde el silencio se vuelve rutina. Por la noche, Rosa se acostaba del lado izquierdo, siempre de espaldas a mí. Yo apagaba la luz, miraba al techo y contaba los segundos hasta que finalmente llegaba el sueño. Nunca cruzamos esa línea tácita que dividía la cama en dos mundos separados.
Al principio, pensé que era agotamiento.
Luego, costumbre.
Luego, resignación.
Los vecinos decían que éramos una pareja pacífica.
"Nunca se pelean", comentaban. "Se nota que se respetan".
Nadie sabía que nuestro "respeto" era un muro.
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