Rosa no era una mujer fría. Cocinaba con esmero, planchaba mis camisas, me preguntaba qué tal me había ido el día en el trabajo. Yo le respondía con la misma amabilidad. Funcionábamos como un reloj viejo: sin defectos visibles, pero sin alma.
La primera noche que dejó de tocarme fue después del funeral de nuestro hijo Mateo.
Mateo tenía nueve años.
Una fiebre mal tratada.
Un hospital abarrotado.
Una decisión por la que nunca dejaré de culparme.
Esa noche, Rosa se metió en la cama sin decir palabra. Intenté abrazarla. Se puso rígida. Retiró mi mano con suavidad pero con firmeza.
"No", susurró. "Ahora no".
Ese "no" quedó flotando en el aire... y nunca se fue.
Los días se convirtieron en semanas. Las semanas en años.
Dormíamos juntos, pero cada uno estaba solo.
A veces, de madrugada, la oía llorar suavemente. Fingí estar dormida, no porque no me importara, sino porque no sabía cómo alcanzarla sin lastimarla más.
Pensé en irme. Muchas veces.
Pero algo me retenía. Culpa. Amor. Miedo.
Quizás todo a la vez.
Una noche, después de tantos años, por fin me atreví a hablar.
“Rosa… ¿cuánto tiempo vamos a vivir así?”
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
