No se giró. Su voz sonó apagada y distante.
“Tal como vivimos ahora… es lo único que me queda.”
“¿Me odias?”
Se tomó su tiempo antes de responder.
“No”, dijo. “Pero tampoco puedo tocarte.”
Sus palabras me hirieron más profundamente que cualquier insulto.
Con el tiempo, su salud empezó a flaquear. Dolores constantes, agotamiento, visitas al médico. La acompañé. Siempre a su lado. Siempre a distancia.
Una tarde, el médico pidió hablar conmigo en privado.
“Tu esposa lleva muchas cosas dentro”, dijo. “A veces el cuerpo enferma cuando el alma ya no puede más”.
Esa noche, Rosa no se dio la vuelta como siempre. Se quedó mirando al techo.
“¿Sabes por qué nunca más te toqué?”, preguntó de repente.
Mi corazón pareció detenerse.
“Porque si lo hacía”, continuó, “tenía miedo de olvidarlo”.
Hizo una pausa. “Mateo”.
No tenía palabras.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
