“Sentí que si me acercaba de nuevo a ti, lo traicionaría. Como si aceptar el calor de otro cuerpo significara que su ausencia ya no dolía”.
Sus lágrimas empaparon la almohada.
“Pero el dolor no desapareció”, dijo. “Simplemente aprendí a vivir rígida… como esta cama”.
Esa noche, por primera vez en quince años, me acerqué más a ella sin tocarla. Lo justo para que pudiera oírme respirar. “Nunca quise que cargáramos con esto solas”, le dije. “Yo también lo perdí. Y también me castigé”.
Rosa cerró los ojos.
“Lo sé”, susurró. “Por eso no te odié”.
Respiró hondo. “Simplemente me quedé paralizada”.
Pasaron los meses. No hubo milagros repentinos.
Pero algo cambió.
Una mañana temprano, Rosa extendió su mano. Dudó.
Yo también.
Nuestros dedos apenas se rozaron.
No fue un abrazo.
No fue pasión.
Fue permiso.
Hoy, seguimos durmiendo en la misma cama.
A veces todavía hay distancia.
A veces no.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
