Dormimos en la misma cama durante diez años sin tocarnos jamás. Todos creían que nuestro matrimonio había terminado, pero la verdad dolía más. Algunas heridas se reabren con solo una caricia.

"Si no quieres...", empezó.

Pero ella ya había dado un paso que nunca se había permitido. Se acercó unos centímetros. Sin tocarla todavía, pero estrechando el abismo.

"Tengo miedo", dijo. "Pero estoy cansada de acostarme con él".

Él comprendió. No “él” como esposo, sino “él” como dolor, como el recuerdo que se deslizaba entre ellos cada noche.

Y entonces, por primera vez en muchos años, sus dedos se tocaron.

No fue un abrazo. No fue un gesto grandilocuente. Solo un roce incómodo y tembloroso, como dos adolescentes aprendiendo a existir juntos. Pero en ese contacto, había algo sagrado: permiso.

Cerró los ojos. No lloró. Ya había llorado bastante en silencio. Esta vez, dejó que la calidez de otra mano le recordara que seguía viva, que seguía siendo esposa, que seguía siendo mujer, que seguía siendo persona.

Él entrelazó sus dedos con los de ella. Su mano se sentía más pequeña de lo que recordaba. O quizás siempre había sido así, y nunca se había atrevido a notarlo.

“Perdóname”, susurró.

“Ya lo hice”, respondió ella. “Pero ahora necesito que te perdones a ti misma”.

El amanecer avanzaba suavemente. No hicieron falta más palabras. No hicieron el amor. No lo necesitaban. A veces, la sanación empieza simplemente permaneciendo.

Cuando la luz del sol se filtraba por la ventana, los encontró dormidos, aún tomados de la mano. La habitación no había cambiado. La cama era la misma. Pero el espacio invisible entre ellos había desaparecido.

Los días que siguieron no fueron mágicos. Hubo silencios incómodos, recuerdos que regresaban sin previo aviso, noches en las que el miedo intentaba reclamar su lugar. Pero ahora, cuando eso sucedía, uno de ellos extendía la mano. Y el otro tomaba la suya.

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