Ella empezó a dormir más profundamente. Él dejó de despertarse presa del pánico a las tres de la mañana. Reanudaron pequeños rituales: café caliente compartido, pan partido en dos, tardes en silencio sin alejarse el uno del otro.
Un domingo, ella abrió una vieja caja del cajón. Dentro había calcetines diminutos sin usar, la pulsera del hospital, una fotografía borrosa.
"¿Lo mantenemos juntos?", preguntó ella.
Él asintió. No para olvidar, sino para recordar sin romper.
Esa noche, durmieron abrazados por primera vez en años. No con desesperación, sino con paz. Como quienes entienden que el amor no siempre grita; a veces simplemente respira a tu lado.
Y así, sin darse cuenta, aprendieron —tarde, pero no demasiado tarde— que compartir la cama no garantiza la cercanía, pero elegir acercarse, incluso con miedo, puede salvar una vida entera.
La casa recuperó sus suaves sonidos nocturnos. Pasos. Suspiros. El colchón crujiendo sin vacilación. Para cualquiera que los mirara desde afuera, parecerían dos personas comunes y corrientes durmiendo.
Pero sabían la verdad.
Habían pasado años sin tocarse… y aun así, el amor había esperado.
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