Cerca de su colonia se encontraba un exclusivo fraccionamiento, famoso por sus mansiones y por la gente poderosa que vivía ahí. Entre esas casas destacaba una, enorme y silenciosa, perteneciente a Don Arturo Valdés, un viejo multimillonario conocido por su carácter frío y distante. Decían que había hecho fortuna en el negocio del petróleo y la construcción. También decían que vivía solo desde que su esposa había muerto hacía muchos años.
Nadie se atrevía a tocar su puerta.
Hasta ese día.
Con el corazón latiendo con fuerza, Lino tomó la mano de Maya y caminaron hasta el portón negro de la mansión. El jardín era amplio, pero el pasto estaba alto y desordenado, como si nadie lo cuidara.
Lino tocó con suavidad.
Tras unos segundos eternos, el portón se abrió y apareció un hombre de cabello completamente blanco, traje impecable y bastón firme.
—¿Qué quieren? —gruñó—. Aquí no se da limosna.
Maya se escondió detrás de su hermano. Pero Lino no retrocedió.
—No venimos a pedir, señor —dijo con voz temblorosa pero digna—. Vimos que el jardín está muy crecido. Podemos limpiarlo. No necesitamos dinero… solo si pudiera darnos un poco de comida que le sobre. Nuestra hermana está enferma.
El anciano frunció el ceño. En su vida, muchos se habían acercado a él pidiendo dinero, favores, inversiones. Nunca trabajo a cambio de sobras.
—Hace mucho calor. Es pesado —respondió con frialdad—. ¿Están seguros?
—Sí, señor. Estamos acostumbrados —contestaron al unísono.
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