Víctor se tensó, como si el mismo golpe estuviera a punto de golpearlo de nuevo.
Tatiana dijo con serenidad:
"Hace mucho tiempo. Pero eso fue hace mucho tiempo".
Su esposa asintió, como si entendiera más de lo que Tanya había dicho. Y entonces, inesperadamente, dijo:
"A veces me llama... 'Tanya' mientras duerme". Pensé que era solo... algún pariente. Pero así es.
Víctor palideció.
"¿Por qué estás...?", empezó.
"Porque necesitamos ser honestos", dijo su esposa. "Estoy harta de vivir con tus silencios. Si tienes... algo que no has dicho, dímelo. Pero no seas sucia. Tenemos hijos".
Víctor se quedó allí como un hombre al que se le había concedido el derecho a decir la verdad por primera vez.
Miró a Tanya.
"No quería buscarte", admitió en voz baja. "Tenía miedo de que si te veía, todo se descontrolara. Y entonces... la vida siguió. El trabajo, el Norte, la familia... y aun así... por dentro, sentía como si hubiera dejado algo importante atrás y nunca hubiera regresado". Tatiana escuchó y comprendió: su arrepentimiento no le devolvería la juventud. No le devolvería sus cartas. No le devolvería esos años en los que pasaba las noches pensando: "¿Y si...?". Pero sí podría devolverle una cosa: el derecho a dejar de considerar sagrado este dolor.
"Vitya", dijo con calma, "no quiero destruir a tu familia. No necesito la vida de nadie. Solo necesito una cosa: que lo entiendas; entonces no elegiste el amor. Elegiste el miedo".
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