Dos semanas fatídicas: chismes, una carta plantada y un encuentro en la puerta que lo arruinó todo.

Y por primera vez en muchos años, sintió tranquilidad interior. No vacía, sino tranquilidad.

Epílogo: Tatiana se quedó paralizada en el patio con un montón de leña y un cubo de leche. Escuchó. Viktor, el vecino, había regresado del norte. Su corazón empezó a latir con entusiasmo, luego se volvió pesado y le colgaba como una piedra en el pecho. Su esposa lo saludaba. Exclamaciones de alegría, sus hijos hacían ruidos de excitación, el perro del patio ladraba sin control... Una familia feliz dio la bienvenida a su esposo y padre. Vitya repartía regalos a los niños mientras caminaba. Tatiana lo oyó besar a su esposa con cariño. Y, sin embargo, esta podría haber sido su felicidad, su Alegría... En lugar de soledad, en compañía de su anciana madre, Chizhik, el gato, intentaba subirse al cubo de leche que sostenía la distraída Tatiana. Ella lo hizo callar y suspiró al salir al porche. Víctor rió a carcajadas, pero esa risa ya la había superado.

Pero ahora, recordando ese patio y esa risa, Tatiana comprendió lo más importante: la felicidad no se trata solo de "con quién", sino también de "cómo".

No tuvo la vida que soñó a los dieciséis años.
Pero tuvo una diferente: una en la que ya no se queda de brazos cruzados con un cubo de leche y un peso en el pecho, esperando a que alguien decida por ella si es digna de amor y un lugar en la alegría ajena.

Y si la risa de Víctor ya no la vio, no es una sentencia de muerte.

Es simplemente una señal de que su propia risa aún está por llegar.

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