La despedida fue ruidosa: vecinos, niños, un acordeón, las lágrimas de alguien. Tanya aguantó como pudo, pero cuando el autobús arrancó y Víctor la saludó desde la ventana, fue como si le hubieran arrancado el corazón y lo hubieran dejado abandonado en algún lugar del camino polvoriento.
Llegó tarde a casa. Se sentó a la mesa, sacó una hoja de papel y empezó a escribir su primera carta, con cuidado, como si su destino dependiera de ellas.
"Vitya, ya estoy en casa. Mamá pregunta cómo estás. Te echo de menos..."
Y desde ese día, empezó a vivir "entre cartas": esperando, contando los días, corriendo hacia la verja cuando el cartero aparecía al final de la calle.
Las primeras semanas fueron brillantes. Víctor escribía a menudo, a veces con humor, a veces con tristeza. Maldecía a sus botas, al cuartel, a los "jefes" de los comandantes, pero siempre terminaba igual:
"Tanya, eres mi sol. Aguanta". "Te aguanto".
Leyó estas líneas y sintió: era querida. De verdad. No con palabras, sino con significado.
Y entonces llegaron esas dos semanas. Dos semanas fatídicas que borraron quince años.
Etapa 2. Dos semanas de silencio: Cómo desaparecieron las cartas, y con ellas, su confianza y su futuro.
Al principio, Tanya pensó que Victor simplemente estaba ocupado. Entrenando. Trabajando. Mudándose. Era una adulta; lo entendía. Podía esperar.
Pero pasó una semana. Luego unos días más. Y seguía sin saber nada. El cartero traía periódicos, avisos, cartas ajenas... pero nada para ella.
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