Dos semanas fatídicas: chismes, una carta plantada y un encuentro en la puerta que lo arruinó todo.

Oyó la voz de Víctor, la misma, familiar, cálida, y la hizo sentir más pesada, no mejor. Exclamaciones alegres. Gritos de niños. El perro en el patio, ladrando como un loco.

Tatiana se quedó allí, y el cubo que tenía en la mano de repente se volvió indomable. El pequeño jilguero se frotó contra sus piernas e intentó meter el hocico en la leche. Le siseó al gato, más por desesperación que por rabia.

Del patio vecino llegó un sonido:

¡Papá está aquí! ¡Papá!

Y a través de un hueco en la valla, Tatiana vio a Viktor —ya crecido, fuerte, con una chaqueta oscura— repartiendo regalos a los niños mientras caminaba. Se rió a carcajadas. Besó a su esposa —satisfecho, confiado, como quien está seguro de que todo le pertenece: la casa, la alegría, el futuro.

Y, sin embargo, esta también podría haber sido su felicidad.

Subió lentamente al porche, como si cada escalón fuera una piedra. La casa olía a vejez y a medicina; su madre llevaba años enferma.

—Tanya... —una voz débil salió de la habitación—. ¿Dónde estás?

"Estoy aquí, mamá", respondió, intentando parecer normal.

Pero en su interior, algo se rompía y volvía a formarse, como una rama seca bajo los pies: una grieta, y eso era todo.

Dejó el cubo, echó a Chizhik y cerró la puerta. De repente, oyó que llamaban.

Alguien llamó a la puerta. No muy fuerte, pero sí con insistencia.

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