Dos semanas fatídicas: chismes, una carta plantada y un encuentro en la puerta que lo arruinó todo.

"Puedo. El niño no tiene la culpa."

Víctor exhaló como si hubiera estado cargando con este miedo solo y por fin hubiera encontrado a alguien a quien confiarle su parte.

Fueron a su patio. Todo era diferente allí: ruidoso, animado, luminoso. Los niños correteaban, el perro saltaba, y la esposa de Víctor, estricta y bien arreglada, estaba en la puerta con expresión ansiosa.

"Esta es Tatyana", dijo Víctor. "Ella te ayudará."

Su esposa miró a Tanya con atención, como si evaluara no solo sus manos, sino también su pasado.

"Gracias", dijo secamente. "Pasa."

El niño yacía en el sofá, rojo y sudoroso. Tanya le tocó la frente; estaba caliente como un horno. Escuchó su respiración, le revisó la garganta y le tomó la temperatura.

"Parece que está empezando una infección", dijo con severidad. "O un virus o una complicación."

La cita con el médico. Le bajaré la fiebre ahora, pero no podemos esperar.

La esposa de Víctor se enfureció:

"Ay, vamos... siempre es así con nosotros, ya se le pasará".

Tanya miró al frente, sin enojo.

"Siempre es así", hasta la primera vez, cuando ya es demasiado tarde.

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