La señora Herrera, una mujer rica, orgullosa y de lengua afilada de unos 50 años, era infame en su exclusivo vecindario de Polanco, Ciudad de México. En su opulenta villa, ninguna trabajadora doméstica duraba más de tres meses.
Hasta que apareció Sofía.
Tenía poco más de 20 años — delgada, callada, vestida modestamente, siempre con la cabeza gacha. En su primer día, la señora Herrera empezó: “¿Qué es ese olor? ¿Olvidaste bañarte o simplemente saliste de la alcantarilla?”
“No necesito réplicas. Solo ponte a trabajar y deja de fingir.” Sofía no dijo nada. Simplemente inclinó la cabeza. Todos supusieron que renunciaría a la mañana siguiente. Pero no lo hizo. Se quedó. En silencio. Casi invisible.
Para el Día 4 La señora Herrera se volvió más cruel. Delante de los invitados, se refería a Sofía como “ayuda de baja clase,” “basura de pueblo iletrada.” La obligaba a limpiar inodoros con las manos desnudas — “los productos de limpieza son demasiado caros,” afirmaba. Sofía comía restos de comida y dormía en un cuarto de almacenamiento húmedo. “Deberías estar agradecida de que te dejemos quedarte aquí. ¡Si te sales de la raya, llamaré a seguridad y te echarán!”
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