Pero las palabras de la gente eran como cuchillos, atravesando mi corazón una y otra vez.
Por la noche, mientras dormía, me quedaba frente a la lámpara recordando al hombre que amaba: su sonrisa, sus ojos dulces — y lloraba en silencio.
El día en que los autos de lujo llegaron a mi casa
Una mañana lluviosa, mientras remendaba la ropa de mi hijo, escuché el rugido ensordecedor de varios motores.
Los vecinos salieron, curiosos.
Frente a mi modesta casa, varios autos negros, limpios y brillantes, se alineaban — claramente venidos de la ciudad.
Los murmullos comenzaron:
«¡Dios mío! ¡Esos autos valen millones!»
Temblando, tomé la mano de mi hijo y salimos.
Se abrió la puerta de un auto. Un anciano de cabello blanco, vestido con un traje negro, descendió. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
Me miró fijamente y, antes de que pudiera decir algo, se arrodilló en el lodo.
— ¡Por favor, levántese! ¿Qué hace?
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