Durante doce años, ella supo que su esposo le era infiel, pero nunca dijo una sola palabra. Lo cuidó, fue una esposa ejemplar. Hasta que, en su lecho de muerte, le susurró una frase que lo dejó helado y sin aliento: “El verdadero castigo apenas está comenzando.”…

Durante doce años de matrimonio, Elina Ramesh guardó un secreto que jamás reveló a nadie.
A los ojos del mundo, era la esposa perfecta de un empresario exitoso, viviendo en una hermosa casa en el sur de Delhi, con dos hijos ejemplares y una vida que muchos envidiaban.
Pero dentro de su corazón, solo quedaban cenizas.
La primera vez que descubrió la infidelidad de su esposo Rahul, su hija menor acababa de cumplir cuatro meses.
Era una noche lluviosa de junio, en Nueva Delhi.
Elina se despertó para preparar un biberón y notó que el lado derecho de la cama estaba vacío.
Al pasar frente al estudio, la tenue luz del monitor iluminaba la silueta de su esposo, que hablaba en voz baja por videollamada con una mujer joven.
— “Te extraño, mi amor… ojalá pudieras estar aquí esta noche.”
La voz de Rahul era suave, casi tierna… una ternura que Elina nunca había escuchado dirigida hacia ella.
Sus dedos temblaron.
El biberón se le resbaló de las manos y rodó lentamente por el suelo.
Pero, en lugar de entrar o gritar, simplemente se dio la vuelta.
Regresó a la habitación, abrazó a su bebé y, con la mirada fija en el techo, entendió que algo dentro de ella había muerto.
Desde aquella noche, Elina eligió el silencio.
No hubo escenas de celos, ni escándalos, ni lágrimas frente a los niños. Solo silencio.
Rahul siguió con su vida: viajes de negocios, reuniones nocturnas, regalos costosos con los que creía poder comprar la paz.
Y Elina siguió con la suya: trabajando en su pequeño consultorio de psicología, ahorrando cada rupia, construyendo un refugio emocional para ella y sus hijos, Dev y Kavya.

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