A veces, sus amigas le decían:
— “Eres tan afortunada, Elina. Rahul te trata como a una reina.”
Y ella sonreía levemente.
— “Sí… tengo lo que necesito: a mis hijos.”
Doce años después, todo cambió de repente.
Rahul, el hombre siempre tan fuerte y orgulloso, comenzó a bajar de peso rápidamente.
El diagnóstico cayó como un balde de agua fría: cáncer de hígado terminal.
El tratamiento en el hospital Apollo fue costoso, doloroso y, al final, inútil.
En pocas semanas, el empresario que había llenado su vida de arrogancia se convirtió en un cuerpo frágil, con la piel amarillenta y la voz quebrada.
Y a su lado, día y noche, estaba solo Elina.
Ella lo alimentaba con paciencia, le secaba el sudor, cambiaba las sábanas, lo ayudaba a girarse en la cama.
Nunca se quejó.
No lloró. No sonrió. Solo hizo lo que tenía que hacer.
A veces, las enfermeras susurraban entre ellas:
— “Qué buena mujer… todavía lo cuida con tanto amor.”
Pero nadie sabía que ya no era amor… solo deber.
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