Durante doce años, ella supo que su esposo le era infiel, pero nunca dijo una sola palabra. Lo cuidó, fue una esposa ejemplar. Hasta que, en su lecho de muerte, le susurró una frase que lo dejó helado y sin aliento: “El verdadero castigo apenas está comenzando.”…

Una tarde, mientras la luz del atardecer se filtraba entre las persianas de la habitación, la otra mujer apareció.
Una joven vestida de rojo, con labios perfectos y tacones que resonaban como cuchillos en el piso del hospital, caminó por el pasillo…

La joven vestida de rojo se detuvo frente a la habitación 713.

Miró a través del vidrio como quien observa un trofeo a punto de romperse. Rahul dormía, conectado a tubos, respirando con dificultad. Elina estaba sentada a su lado, tejiendo en silencio una pequeña bufanda para Kavya.

—¿Eres… Elina? —preguntó la joven, rompiendo el aire con una voz firme.

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Elina levantó la mirada. No hubo sorpresa. Solo un reconocimiento tranquilo, casi cansado.

—Sí —respondió—. Tú debes ser Maya.

La joven se tensó.
—¿Él te habló de mí?

Elina dejó las agujas sobre la mesa.
—No. No fue necesario.

Hubo un silencio espeso. Maya tragó saliva.

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