Durante doce años, ella supo que su esposo le era infiel, pero nunca dijo una sola palabra. Lo cuidó, fue una esposa ejemplar. Hasta que, en su lecho de muerte, le susurró una frase que lo dejó helado y sin aliento: “El verdadero castigo apenas está comenzando.”…

—Yo… yo lo amaba —dijo al fin—. No sabía que estaba tan grave. Me llamó hace dos días… me pidió que viniera.

Elina asintió lentamente.
—Siempre supo a quién llamar cuando tenía miedo.

Maya dio un paso más hacia la cama, pero Elina se levantó y, sin alzar la voz, dijo:
—Cinco minutos. Nada más.

Cuando Rahul despertó y vio a Maya, sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Pensé que no vendrías…

—Aquí estoy —susurró ella, tomando su mano—. Lo siento… por todo.

Rahul miró hacia Elina. Por primera vez en años, no había arrogancia en su mirada. Solo vergüenza.
—Elina… yo…

Ella se acercó a la cama. Su voz fue suave, casi compasiva.
—No te esfuerces. Guarda fuerzas.

Maya salió llorando al cabo de unos minutos. No volvió a mirar atrás.

Esa noche, Rahul empeoró. La respiración se volvió irregular, y el monitor comenzó a emitir pitidos lentos, desesperados.

—Tengo miedo —murmuró él—. No quiero morir solo.

Elina tomó su mano. Estaba fría, frágil.
—No estás solo —dijo—. Nunca lo estuviste.

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