Él cerró los ojos.
—Perdóname… por todo lo que te hice.
Elina se inclinó y acercó los labios a su oído. Fue entonces cuando susurró la frase que él jamás olvidaría, incluso en su último segundo de conciencia:
—El verdadero castigo apenas está comenzando.
Rahul abrió los ojos, aterrorizado.
—¿Qué… qué quieres decir?
Ella se incorporó. No había odio en su rostro. Solo una verdad serena.
—Que mueres sabiendo que lo tuve todo en mis manos… y aun así elegí no destruirte. Viviste doce años creyendo que me engañabas sin consecuencias. Pero la consecuencia fue esta: nunca fuiste amado de verdad desde aquella noche de junio.
Las lágrimas corrieron por las sienes de Rahul.
—¿Nunca… me amaste otra vez?
—Te cuidé —respondió Elina—. Que no es lo mismo.
Minutos después, el monitor emitió un sonido largo y continuo.
Rahul Ramesh murió acompañado, limpio, atendido… pero vacío.
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