Durante doce años, ella supo que su esposo le era infiel, pero nunca dijo una sola palabra. Lo cuidó, fue una esposa ejemplar. Hasta que, en su lecho de muerte, le susurró una frase que lo dejó helado y sin aliento: “El verdadero castigo apenas está comenzando.”…


Meses más tarde, la casa del sur de Delhi se vendió. Elina se mudó con sus hijos a una ciudad costera. Abrió una clínica más grande, especializada en mujeres que habían aprendido a callar demasiado tiempo.

A veces, por las noches, mientras el mar golpeaba suavemente la orilla, Elina pensaba en todo lo que había soportado. No con rencor. No con tristeza.

Con alivio.

Porque entendió algo que pocas personas logran comprender:

Que el silencio también puede ser una forma de justicia.
Y que la verdadera venganza no siempre grita…
a veces simplemente sobrevive, en paz.

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