Durante el funeral de mi abuela, vi a mi madre escondiendo un paquete en el ataúd. Lo tomé en silencio y me quedé atónito cuando miré dentro.

Mamá”

Me temblaban las manos al leer carta tras carta. Cada una revelaba más de una historia que desconocía, pintando una imagen de traición que me revolvía el estómago.

Las fechas se extendían a lo largo de los años, y el tono pasaba de la preocupación a la ira y a la resignación.

Una carta mencionaba una cena familiar en la que mamá había jurado que ya no jugaría más.

Recordé esa noche: parecía tan sincera, con lágrimas corriendo por su rostro mientras abrazaba a la abuela. Ahora me preguntaba si esas lágrimas habían sido reales o solo una farsa.

La última carta de la abuela me dejó sin aliento:

“Victoria,

Tú has tomado tus decisiones. Yo he tomado las mías. Todo lo que tengo será para Esmeralda, la única persona que me ha mostrado verdadero amor, no solo me ha usado como un banco personal. Puede que pienses que te has salido con la tuya, pero te prometo que no. La verdad siempre sale a la luz.

¿Recuerdas cuando Esmeralda era pequeña y me acusaste de tener favoritismos? Dijiste que la quería más que a ti. La verdad es que las quise a ambas de forma diferente, pero igual. La diferencia fue que ella me quiso sin condiciones, sin esperar nada a cambio.

Todavía te quiero. Siempre te querré. Pero no puedo confiar en ti.

Mamá.

Me temblaban las manos al abrir la última carta. Era de mi madre a la abuela, fechada hacía solo dos días, después de su muerte.

La letra era nítida, con trazos furiosos en la página:

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