«No», dije.
Y entonces…
Alejandro dio un paso al frente y me abofeteó con fuerza.
La sala se quedó paralizada.
Nadie intervino. Nadie habló.
Lo miré, esperando, solo esperando, alguna señal de arrepentimiento.
Desvió la mirada.
Fue entonces cuando lo entendí.
Esto no era vacilación.
Era complicidad.
Tomé mi bolso, contuve las lágrimas y salí.
En el pasillo, temblando de rabia, marqué un número que había rezado para no tener que usar jamás.
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