Durante mi turno nocturno, trajeron inconscientes a mi esposo, a mi hermana y a mi hijo de tres años. Cuando intenté correr hacia ellos, un colega médico me detuvo en silencio.

Cerré los ojos.
No pedí que el dolor desapareciera.
Solo pedí fuerza para seguir adelante con mi hijo.

Esa noche, mientras lo veía dormir en paz, comprendí algo esencial:

La familia no es quien comparte tu sangre.
La familia es quien se queda cuando todo se derrumba.

Y mi pequeño —al que intentaron silenciar— se convirtió en la razón por la que construí una nueva vida.

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