Durante nuestro juicio de divorcio, mi esposo no mostró ninguna emoción mientras buscaba poner fin a nuestro matrimonio de 20 años. Momentos antes de que se leyera la sentencia, mi sobrina de 8 años se puso de pie y le pidió al juez que mostrara un video de lo que había presenciado en casa, impactando a todos en la sala.

Asintió con solemnidad.

"Abuela... ¿se están divorciando tú y el abuelo como mamá y papá?".

Tragué saliva con dificultad.

"Todavía no lo sé", dije con sinceridad. "Pero pase lo que pase, nos cuidaremos el uno al otro".

Emily se apoyó en mí, confiada, frágil, valiente.

Y en ese momento, a través de la traición y el desamor, comprendí algo con claridad por primera vez:

No había sido ingenua.
Había sido amorosa.

Y ahora, necesitaría esa misma fuerza, no para salvar un matrimonio que ya había sido abandonado, sino para protegerme a mí misma y a la familia que aún me acompañaba. Esa tarde, después de que Emily volviera a sus juegos y Jessica saliera de su trabajo de oficina, llamé a la única abogada de divorcios que conocía, Patricia Williams, quien había representado a nuestra vecina durante su divorcio cinco años antes.
"Sra. Gillian, puedo verla mañana a las nueve. Traiga todos los documentos financieros a los que tenga acceso. ¿Y la Sra. Gillian?"

"¿Sí?"

"No firme nada que le envíe el abogado de su esposo sin revisarlo primero conmigo. Estos trámites de divorcio repentinos a menudo implican más planificación de la que el cónyuge cree".

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.