Durante semanas, mi hija adolescente dijo que algo no andaba bien. Mi esposo lo llamó drama; yo, instinto. Y cuando por fin apareció la ecografía en la fría pantalla del hospital, mis piernas se negaron a sostenerme.

Pero el amor no silencia la negación.

Y a veces la frase más peligrosa del mundo es: Probablemente no sea nada.

Ahora, cuando Hannah dice que algo me duele, escucho de inmediato.

Sin dudarlo.

Sin dudarlo.

Porque a veces la inquietud de una madre es la única alarma que tiene un hijo.

Y nunca volveré a ignorar esa alarma.

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