Dentro, no había dinero.
Había documentos, copias, notas.
Y una promesa.
"Buenos días", decía siempre, con esa voz cansada que ya no intento disimular. "Vengo a preguntar por la cuenta de mi hijo".
Al principio, me ayudaban por cortesía.
Sonreían.
Asentían.
Luego se volvió rutina.
Las sonrisas se desvanecieron, pero seguían preguntando.
Al final... se convirtió en fastidio.
Suspiros.
Miradas al reloj.
Dedos impacientes golpeando el teclado.
"¿Nombre del titular de la cuenta?", preguntaban sin mirarme, con la mirada fija en la pantalla.
"Daniel Ortiz Ramírez", respondía yo, siempre igual, siempre firme.
Escribieron.
Esperaron. Fruncieron el ceño.
“No hay ninguna cuenta a ese nombre, señora.”
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