Durante siete años la llamaron “la loca del banco”… hasta que regresó acompañada y la cuenta inexistente hizo temblar al gerente.

Asentía.
Como si ya lo supiera.
Como si no fuera la misma respuesta que había escuchado durante siete años.

“¿Podría volver a verificar?”, preguntaba. “Se abrió en marzo, hace siete años. Aquí, en el centro de Toluca. El número parcial… termina en 48.”

Algunos reían en voz baja.
Otros ponían los ojos en blanco.

“Mire, señora”, decían, “aquí no hay nada. Quizás su hijo tenía una cuenta en otro banco.”

Cerraba mi carpeta.
Despacio.
Con cuidado, como si cerrara algo vivo.

“Gracias”, respondía. “Vuelvo el mes que viene.”

Y lo hice.

Empezaron a llamarme la loca del banco.
Lo sabía, porque las palabras se sienten incluso cuando no se dicen en la cara.

Los guardias de seguridad reconocieron mi andar lento, mi ropa sencilla, mi forma de esperar en silencio.
Un par de veces intentaron detenerme.

“No puedes seguir molestando al personal”, me dijo un joven guardia con torpeza. “Ya te lo explicaron”.

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