Durante siete años la llamaron “la loca del banco”… hasta que regresó acompañada y la cuenta inexistente hizo temblar al gerente.

Lo miré a los ojos.
Sin enojo.
Sin suplicar.

“No molesto a nadie”, dije. “Pregunto por el dinero de mi hijo”.

Nunca supieron qué responder.
Y siempre me dejaban entrar.

Vivía —y sigo viviendo— en una casa de lámina en San Mateo Oxtotitlán.
Cuando llueve, el techo canta.
Cuando hace frío, el viento se cuela sin pedir permiso.

Lavaba la ropa de otros tres veces por semana.
Mis manos se agrietaban, pero el jabón no perdona.

Cocinaba frijoles, arroz y, con suerte, un poco de pollo los domingos.
No por hambre. Por costumbre.

Daniel era mi único hijo.
Ingeniero de sistemas.
Tranquilo.
Observador.

De esos que escuchan más de lo que hablan, y cuando hablan, dicen exactamente lo que importa.

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