Durante siete años la llamaron “la loca del banco”… hasta que regresó acompañada y la cuenta inexistente hizo temblar al gerente.

"¿Y por qué no lo reportó antes?", preguntaron.

Levanté la mirada.

"Porque quería pruebas irrefutables.
Y porque sabía que no le creerían... hasta que yo apareciera".

Cuando accedieron a la cuenta, la cantidad llenó la pantalla.

Cientos de millones de pesos.

No era para mí.
Era una prueba.

Cada transferencia llevaba un nombre.
Cada nombre llevaba una culpa.

Ese mismo día, la sucursal fue asegurada.
A la mañana siguiente, la noticia había estallado.

No di entrevistas.
Nunca quise hacerlo.

Solo pedí una cosa:
que se limpiara el nombre de mi hijo.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.