Alex tenía dos opciones:
Quedarse con la propiedad y pasar años sumido en una deuda abrumadora, o irse sin nada.
Fue entonces cuando el juez miró a María con genuino respeto. No era una mujer derrotada que se rindiera por debilidad. Era alguien que lo había calculado todo con antelación.
María no solo sobrevivió al divorcio.
Lo dominó.
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