El 31 de diciembre, mi marido me echó de casa, sin un céntimo. Temblando de frío, metí la mano en el bolsillo de mi vieja chaqueta…

—¡Te lo dije: ensalada, Olivier! —Victor estaba en el rellano, con la cara roja y apestando a cerveza—. Las mujeres normales cocinan. ¿Dónde andabas?

Publicidad
—Estaba trabajando… —Marina se agarró al marco de la puerta; sus piernas cedieron—. Teníamos mucha prisa… No he dormido en veinticuatro horas…

—¡Me da igual! —La agarró del hombro y la giró hacia las escaleras—. Todas las mujeres son correctas, y tú… ¡eres solo una palabra!

Marina retrocedió hasta el rellano. Victor dio un paso, mirando a su alrededor.

—Vitya, espera… haré esto rápido…

—¡Quítate de mi camino! —la empujó a la altura del pecho, sin mucha fuerza, pero ella se tambaleó y se sentó en los escalones—. No vuelvas a ver tu cara por aquí.

La puerta se cerró de golpe. El cerrojo hizo clic y luego la cadena vibró.

Marina estaba sentada en el frío suelo de cemento en bata, incapaz de comprender lo que acababa de pasar. Un segundo antes, subía las escaleras, pensando que por fin podría irse a la cama... y de repente... esto.

Tras la puerta, se encendió la televisión. Víctor acababa de poner *La Ironía del Destino*.

Bajó las escaleras. Sentía un hormigueo en las piernas: ocho horas de pie, cargando bandejas de pan y pasteles mientras los demás disfrutaban de su fiesta previa. La escalera olía a gato y hacía frío.

La puerta se abrió de nuevo. Víctor arrojó algo oscuro por las escaleras.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.