A veces, la mala suerte llega en el momento justo.
Sí.
Se quedaron en silencio. Entonces Marina sacó de un cajón la vieja chaqueta de niña —la misma, con el forro roto— y la puso sobre la mesa.
¿Por qué la guardas? —preguntó su padre—. Para recordar. Que todo puede cambiar de la noche a la mañana. Y que, a veces, las cosas más preciadas se esconden donde menos te las esperas.
El padre asintió. Cogió la chaqueta y pasó la mano por la tela desgastada.
En aquel entonces, no dejaba de pensar: ¿Y si tu madre la tira? ¿Y si nunca la encuentras? Todos los meses enviaba el dinero, y temía que todo fuera en vano. "No fue en vano."
"Ahora lo veo."
Marina lo miró: su cabello canoso, sus ojos cansados, sus manos que habían trabajado para ella durante veinte años. Y comprendió: no estaba sola. Nunca lo había estado.
Afuera, las farolas se encendieron. La ciudad se preparaba para la noche. Marina terminó su té, se levantó y empezó a recoger la mesa. Su padre la ayudó. Se movían en silencio, con naturalidad, como si siempre hubieran vivido juntos.
Y ese silencio hablaba más fuerte que todas las palabras que Víctor había pronunciado en veinte años.
Marina apagó la luz y cerró la panadería con llave. Su padre la esperaba afuera. Caminaron juntos por la ciudad al anochecer: dos personas que se habían perdido y se habían reencontrado.
A veces, hay que perderlo todo para comprender lo que se tiene.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
