El 31 de diciembre, mi marido me echó de casa, sin un céntimo. Temblando de frío, metí la mano en el bolsillo de mi vieja chaqueta…

"Toma. Al menos vístete, imbécil."

Marina cogió la chaqueta: una vieja chaqueta de niña, la que había usado en quinto de primaria. La había dejado en el armario, sin saber muy bien por qué. Se la puso encima de la bata. Las mangas se rompieron en las costuras y no le cerraba el pecho.

Metió las manos en los bolsillos, por si acaso había al menos unas monedas dentro. El forro del bolsillo derecho estaba roto, y sus dedos tocaron algo plano.

Lo sacó: una libreta pequeña, amarillenta y desgastada. Una libreta de ahorros. A su nombre.

Marina se quedó mirando la portada un buen rato. Entonces recordó.

Su padre se había ido cuando ella tenía diez años. Su madre gritaba en la cocina, tirando las tazas. Él se quedaba en la entrada con una bolsa, abotonándose la chaqueta. Marina lo había agarrado por la manga; él se había agachado y le había metido algo en el bolsillo, muy rápido.

"Es tuyo. No se lo enseñes a nadie", le había susurrado. "Cuando seas mayor, lo entenderás".

Luego se fue. Nunca lo volvió a ver.

Su madre dijo: "Nos abandonó, empezó una nueva vida, no le importó". Marina la había creído. Y la chaqueta... nunca la había tirado, aunque le había quedado pequeña durante mucho tiempo. Se levantó. No tenía adónde ir. La casa de una amiga estaba lejos: la otra estaba celebrando Año Nuevo con su familia. No tenía dinero. Su teléfono seguía en el apartamento.

Pero el banco —una sucursal abierta las 24 horas— estaba a dos calles. Un servicio de urgencias. Marina sabía dónde estaba: pasaba por allí todos los días camino de la fábrica.

Salió descalza a la calle. El frío le quemaba las plantas de los pies; caminaba deprisa, casi corriendo. En los patios, la música resonaba; alguien reía en un balcón. Marina apretaba el cuadernillo en el puño, sin pensar en nada, solo en un paso tras otro.

Dentro de la sucursal, hacía calor y estaba vacía. La cajera —una chica de unos veinticinco años, con una coleta lacia— levantó la vista y se quedó paralizada.

"¿Se encuentra mal? ¿Llamo a una ambulancia?"

"No", Marina dejó el cuadernillo en el mostrador. "Necesito revisar esta cuenta". La joven cogió el folleto, lo abrió y le dio varias vueltas.

"Es un modelo antiguo. ¿Hace mucho que no lo usa?"

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