El 31 de diciembre, mi marido me echó de casa, sin un céntimo. Temblando de frío, metí la mano en el bolsillo de mi vieja chaqueta…

"Sí. Puedes."

Trabajaban en silencio: reparaban la habitación que Marina había alquilado en una casa antigua. Su padre colocaba las estanterías, ella pintaba las paredes. Hablaban poco, pero se entendían sin palabras.

Una noche, mientras se lavaban las manos después del trabajo, llamaron a la puerta. Marina abrió.

Víctor estaba allí.

Sobrio, bien afeitado, con una chaqueta limpia. Tenía las manos en los bolsillos.

"Necesito hablar contigo."

"No hay nada que decir."

"Marina... sé que tienes dinero. Me dijeron... que nadie. Lo necesito. Tengo deudas, ¿entiendes? Grandes. Préstamelo, te lo devuelvo, te lo prometo."

Marina lo miró: a ese hombre con quien...

Había vivido veinte años. Podía ver a través de él: cada arruga, cada tic, cada mentira.

"No."

"¿Cómo que no?" Su voz se quebró. "¡Después de todos estos años! ¡No soy una desconocida!"

"Exactamente. Por eso no."

Desde adentro, llegó su padre. Se limpió las manos con un paño y se sentó junto a Marina sin decir palabra.

Víctor lo miró fijamente y luego se volvió hacia Marina.

"Ah, ¿así que ya está? ¿Has encontrado un papi y ahora soy una inútil?"

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