Los lugareños recordaron rumores que circulaban por aquel entonces, en los noventa. Alguien había visto coches caros cerca de los baños. Alguien había oído gritos, pero no intervino. Algunos "sabían", pero guardaron silencio, porque los padres de estos chicos eran demasiado influyentes.
Kalugin empezó a citar a los que habían sido "testigos" en aquel entonces para interrogarlos. Muchos habían envejecido y encanecido, pero el miedo en sus ojos seguía igual. Uno de ellos, el antiguo amigo de Loginov, se derrumbó a la tercera hora.
"Solo queríamos bromear...", dijo, mirando fijamente la mesa. "Las emborrachamos". Entonces Maxim se enfadó. Una empezó a gritar. La empujó... y entonces todo se volvió borroso.
Según él, las chicas fueron encerradas en el baño de vapor "para calmarlas". Pero el baño de vapor estaba demasiado caliente. Para cuando abrieron la puerta, ya era demasiado tarde.
Permanecieron en silencio durante quince años.
Loginov fue detenido en Moscú. Un empresario exitoso, filántropo y padre de dos hijos. Mantuvo una actitud segura hasta que le mostraron un encendedor grabado.
"Entonces lo perdí...", susurró. "Pensé que todo se había podrido hacía mucho tiempo".
El juicio no duró mucho. Pruebas, testimonios, dictámenes periciales: todo formó una cadena inquebrantable.
Cuando se leyó el veredicto, la sala quedó en silencio. Tres madres sostenían viejas fotografías en sus manos. No habían recuperado a sus hijas, pero sí la verdad.
Y el viejo baño nunca se convirtió en un almacén. Fue completamente demolido. En su lugar se erigió un pequeño monumento, sin nombres ni fechas. Simplemente las palabras:
"Aquí la verdad emergió de debajo del suelo".
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