El sonido de una copa de cristal haciéndose añicos contra el suelo de mármol fue lo único que logró silenciar el murmullo elitista del restaurante El Palacio de Óe. En un lugar donde la etiqueta valía más que la moral, aquel estruendo fue un pecado capital. Evaristo, un millonario de 64 años, con el seño fruncido permanentemente por la amargura, levantó la vista de su plato de langosta con irritación.
odiaba las interrupciones, odiaba el ruido y, sobre todo, odiaba ver cómo su refugio de soledad era invadido. Sus ojos grises, acostumbrados a juzgar el valor de todo lo que miraban, buscaron la fuente del desastre. En el centro del salón, una niña pequeña miraba con terror los fragmentos brillantes a sus pies, mientras su madre, una mujer joven vestida con ropa demasiado sencilla para este código postal, se agachaba apresuradamente para recoger el desastre, susurrando disculpas que nadie quería escuchar. Evaristo soltó un
bufido de desdén, listo para llamar al gerente y exigir que sacaran a esa gente de su vista. Sin embargo, el destino tiene una forma cruel y brillante de manifestarse, justo cuando la mujer, cuyo nombre Amalia, extendía la mano izquierda bajo la luz directa de la inmensa lámpara de araña para recoger un trozo de vidrio, ocurrió el milagro macabro.
Un destello violeta, intenso y profundo golpeó la retina de Evaristo con la fuerza de un rayo. No era el brillo del vidrio roto, era el fuego púrpura de una amatista engarzada en un anillo que él conocía mejor que las líneas de su propia mano. Evaristo se quedó congelado con la copa de vino a medio camino de sus labios, sintiendo como la sangre se le helaba en las venas. El mundo se detuvo.
El ruido de los camareros, la música de piano, la risa de los comensales, todo desapareció. Solo quedaba ese anillo en la mano de una extraña, una joya que no debería estar allí, una joya que pertenecía a un fantasma que lo había atormentado durante una década. Ese anillo no era una baratija comprada en un centro comercial, era la violeta de los Alpes, una pieza única diseñada por un orfebre italiano bajo las instrucciones precisas de Evaristo hace 20 años. Recordaba cada detalle.
la amatista central de corte ovalado, las pequeñas hojas de esmeralda que abrazaban la piedra principal y la inscripción oculta en el interior del aro de oro blanco. Se lo había regalado a su hija Isadora el día que ella fue aceptada en la universidad, el día antes de que el orgullo y la estupidez de él destruyeran su relación para siempre.
Isadora había desaparecido con ese anillo en su dedo, jurando no volver jamás. Y ahora, 10 años después de contratar detectives inútiles y gastar fortunas en búsquedas vacías, la joya aparecía en la mano de una mujer que parecía luchar para pagar una sopa. La confusión inicial de Evaristo se transformó rápidamente en una furia volcánica.
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