El Anciano Reconoció El Anillo De Su Hija Desaparecida En La Mano De Una Extraña… Y Se Detuvo

Además, debemos regularizar tu situación de custodia. Legalmente, tú no eres nadie para ella en este momento y eso es peligroso. La mención del abogado y los términos legales hicieron que la sangre de Amalia se helara. La atmósfera cálida de la cena se evaporó en un segundo. Reconocimiento. Apellido, repitió Amalia. soltando su cuchara.

El miedo ancestral de los pobres frente a la burocracia de los ricos se apoderó de ella. Señor, yo la he criado desde que tenía meses. Soy su madre. No necesito un papel de un abogado para saber eso. ¿Qué está intentando hacer? ¿Quiere ponerle su apellido para que pase a ser propiedad de la familia? Isa me advirtió sobre esto.

Dijo que usted usaba las leyes como armas. Amalia se levantó de la silla lista para huir. Sentía que había caído en una trampa dulce. La cena, los regalos, todo era el preludio para quitarle a la niña mediante tecnicismos legales. No, siéntate, por favor, exclamó Evaristo, levantando las manos en señal de paz, maldiciendo su propia torpeza social.

No estoy intentando quitártela, estoy intentando protegerlas a ambas. Amalia, escúchame. Si yo muero mañana y a mi edad eso es una posibilidad real. Sin ese apellido y sin una tutela legalizada, mis sobrinos, que son unos buitres, te despedazarán para quedarse con la herencia. Te quitarán a la niña y la mandarán a un orfanato estatal solo para no compartir el dinero. Necesito blindarlas.

Necesito que Montalvo redacte un documento donde tú seas la tutora legal indiscutible y Lucila la heredera universal. No es una trampa, es un escudo, pero tienes que confiar en mí. Amalia miró a Evaristo a los ojos y por primera vez no vio al millonario arrogante, sino a un padre aterrorizado de que su legado de soledad continuara.

Entendió que el viejo no estaba comprando a Lucila, estaba comprando la paz para su propia tumba. asegurándose de que los errores que cometió con Isadora no se repitieran con la siguiente generación. Con una mano temblorosa, pero decidida, Amalia tomó la copa de agua y bebió un sorbo para aclarar su garganta. Está bien, señor Evaristo. Llame a su abogado.

Haremos los papeles, pero quiero que quede una cláusula escrita. Si Lucila alguna vez quiere irse, si alguna vez se siente infeliz en este mundo de oro, usted mismo le abrirá la puerta y financiará su libertad. No más jaulas, ni siquiera si son de diamantes. Evaristoó y una lágrima solitaria rodó por su mejilla. Te doy mi palabra de honor, Amalia.

No más jaulas. Los meses siguientes transformaron la mansión Montenegro, lo que antes era un mausoleo de silencio, ahora resonaba con risas infantiles y el olor a pintura al óleo. Evaristo cumplió su promesa. No interfirió en la crianza diaria, pero se convirtió en el cómplicede aventuras de Lucila.

Juntos abrieron el estudio de Isadora y en lugar de limpiarlo lo usaron. El abuelo, vestido con trajes de tres piezas manchados de acrílico, aprendió a mezclar colores bajo la tutela de una niña de 6 años. Amalia observaba desde la puerta viendo como las heridas de tres generaciones comenzaban a cicatrizar. El reconocimiento legal fue un escándalo en la alta sociedad.

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