¿Quién era esa mujer? La mente de Evaristo, entrenada para pensar lo peor de la humanidad tras años de negocios despiadados, comenzó a maquinar teorías oscuras. Era una ladrona que había asaltado a su hija, una empeñista que no sabía lo que tenía. ¿O acaso era la responsable de que Isadora nunca hubiera respondido a sus llamadas? La mujer Amalia se levantó con el rostro rojo de vergüenza, sosteniendo los cristales rotos en una servilleta, ajena a que estaba siendo observada por un hombre que tenía el poder de destruirla con una sola llamada. Ella acarició la
cabeza de su hija tratando de calmarla. Y al hacerlo, el anillo volvió a destellar, burlándose de Evaristo. Ese gesto maternal realizado con la mano que portaba el símbolo de su pérdida, fue el detonante final. Evaristo sintió un dolor agudo en el pecho, no un infarto, sino el peso de la culpa y la sospecha colisionando.
Evaristo empujó su silla hacia atrás con un chirrido violento que hizo eco en el silencio tenso que aún reinaba tras el accidente de la copa. No le importó las miradas de reproche de los otros comensales ricos. Se puso de pie al su traje de tres piezas con manos temblorosas y comenzó a caminar hacia la mesa de Amalia.
Su andar no era el de un anciano frágil, era el paso pesado y decidido de un depredador que ha localizado a su presa. Su bastón de ébano golpeaba el suelo rítmicamente, marcando una cuenta regresiva. Julián, su asistente personal que esperaba en la entrada, vio la expresión en el rostro de su jefe y supo que algo terrible estaba a punto de suceder.
Intentó acercarse, pero la mirada de Evaristo lo detuvo en seco. Esto era personal. Esto era sangre. Evaristo necesitaba ver ese anillo de cerca. Necesitaba ver la cara de la usurpadora y exigir respuestas, aunque tuviera que arrancárselas a gritos. Antes de que estalle la confrontación en este restaurante de lujo, amigos de rutas fascinantes, queremos hacer una pausa para preguntarles algo importante.
Evaristo está a punto de actuar impulsado por el dolor y la sospecha, sin saber lahistoria real. ¿Alguna vez han juzgado a alguien por su apariencia o por un malentendido para luego descubrir que estaban equivocados? El destino juega cartas extrañas. Comenten abajo desde qué país nos ven y escriban la palabra camino si creen que este encuentro no es una casualidad, sino algo que tenía que pasar.
Mientras Evaristo avanzaba, la atmósfera en el restaurante se volvía densa, casi irrespirable, como si todos contuvieran el aliento esperando el desenlace. Amalia, por su parte, solo quería desaparecer. Sentía las miradas clavadas en su espalda como agujas. Había venido a este lugar caro, gastando los ahorros de meses, solo porque hoy era una fecha especial, una fecha dolorosa que necesitaba conmemorar con dignidad. Pero todo había salido mal.
Lucila estaba asustada. El camarero las miraba con desprecio y ahora, por el rabillo del ojo, veía a un hombre mayor vestido con una elegancia intimidante, acercándose directamente hacia ellas con cara de pocos amigos. Amalia instintivamente rodeó los hombros de su hija, protegiéndola. Su mano izquierda, con el anillo púrpura, quedó expuesta sobre el hombro de la niña.
Ella no sabía el valor monetario de la joya. Para ella, su valor era puramente sentimental, una promesa hecha en un momento de desesperación. No tenía idea de que ese objeto era un faro que acababa de atraer una tormenta a su mesa. Evaristo llegó a la mesa y se plantó frente a ellas, bloqueando la luz de la lámpara.
Su sombra cayó sobre el mantel blanco. Respiraba con dificultad sus fosas nasales dilatadas por la emoción contenida. Miró a la niña Lucila y por un segundo un destello de duda cruzó sus ojos. La niña tenía algo, una forma de mirar grande y curiosa que le resultaba vagamente familiar, pero descartó el pensamiento de inmediato. La rabia era más fuerte.
Volvió su mirada hacia Amalia. ¿De dónde sacaste eso? preguntó su voz sonando como grava triturada. No hubo saludo ni cortesía, solo la exigencia cruda de un hombre acostumbrado a obtener respuestas. Señaló con su bastón directamente a la mano de Amalia. El anillo brillaba inocente bajo la luz, ajeno al conflicto que estaba provocando.
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