El Anciano Reconoció El Anillo De Su Hija Desaparecida En La Mano De Una Extraña… Y Se Detuvo

La seguridad económica frente a la libertad emocional. Evaristo cree que el dinero es la solución. Amalia sabe que el amor es el verdadero refugio. Si estuvieran en el lugar de Amalia, aceptarían el dinero para asegurar el futuro de la niña o lucharían por mantenerla a su lado en la pobreza, pero con amor es una decisión imposible. Comenten la palabra coraje si apoyan la valentía de Amalia al enfrentarse al poder.

Evaristo vio el miedo y la determinación en los ojos de Amalia. Y Putus, por primera vez en su vida, comprendió que no podía ganar esta batalla con intimidación. Si presionaba, la perdería de nuevo, tal como perdió a Isadora. Espera, suplicó Evaristo, levantándose con torpeza y bloqueando suavemente el paso con su bastón, no como una barrera, sino como una petición. No te vayas. Tienes razón.

Soy un viejo estúpido que solo sabe resolver problemas firmando cheques. Pero por favor, no me castigues quitándome la oportunidad de conocerla. Su voz se quebró. No te la voy a quitar. Lo juro por la memoria de Isadora. Solo déjame ser parte de su vida. Déjame ayudar sin condiciones. Ven a mi casa. Solo una visita. Quiero mostrarte algo.

Quiero que veas que no soy el monstruo que recuerdas de las historias de Isadora. O tal vez sí lo soy, pero quiero intentar dejar de serlo. Amalia dudó. Miró al anciano y vio una soledad tan profunda que le dolió en el alma. Miró a Lucila, que observaba al abuelo con con curiosidad. Finalmente asintió levemente.

Salieron del restaurante juntos, una extraña procesión que dejaba atrás los murmullos de la élite. Afuera, la limusina negra de Evaristo esperaba como una bestia dormida bajo la lluvia fina. El chóer abrió la puerta sorprendido al ver a la mujer y a la niña. El trayecto hacia la mansión Montenegro fue silencioso y tenso. Lucila tocaba el cuero de los asientos con asombro, sus ojos brillando al ver las luces de la ciudad a través de los cristales tintados.

Amalia, sin embargo, sentía que entraba en la boca del lobo. Apretó el anillo de amatista en su dedo, recordándose a sí misma que ella era la guardiana, no la invitada. Evaristo no apartaba la vista de la niña, estudiando cada movimiento, cada respiración, tratando de memorizarla como si temiera que se desvaneciera en el aire.

La mansión de Evaristo era un palacio de piedra fría en la cima de la colina más exclusiva de la ciudad. Al entrar, el eco de sus pasos en el vestíbulo de mármol resonó como en una catedral vacía. No había fotos familiares, no había flores frescas, solo arte caro y un silencio sepulcral que helaba la sangre.

“Bienvenidas a mi mausoleo”, murmuró Evaristo con una ironía triste. Guió a Amalia y a Lucila escaleras arriba, ignorando el ascensor hasta llegar a una puerta doble de madera tallada al final del pasillo del ala este. Evaristo sacó una llave dorada de su bolsillo, una llave que colgaba cerca de su corazón. Nadie ha entrado aquí en 10 años, ni siquiera el servicio de limpieza.

Yo mismo quito el polvo”, confesó con la mano temblándole al intentar encajar la llave en la cerradura. Al abrir la puerta, el olor a la banda seca y tiempo detenido golpeó aAmalia. Era la habitación de Isadora. Estaba intacta, como si su dueña hubiera salido esa misma mañana. Había ropa sobre la cama, libros de arte abiertos en el escritorio y una colección de muñecas de porcelana en las estanterías que miraban con ojos vidriosos.

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