El apartamento fue comprado antes del matrimonio, pero la suegra decidió que ahora era “su hogar”.

"¿Hablas... en serio?"

"Sí", asintió Anna. "Por primera vez en mucho tiempo, hablo en serio."

Pavel guardó silencio un buen rato y luego dijo en voz baja:

"Le tengo miedo. ¿Lo entiendes? Desde pequeño. Si no estoy de acuerdo con ella, me empuja, me grita, luego se enferma, luego me acusa..."

Anna escuchó y comprendió: eso es. No es ira, no son "derechos de madre". El miedo a la madre de un hombre adulto.

"Entonces, sana ese miedo", dijo Anna. "Porque no lo pagaré con mi vida."

Pavel asintió, como si escuchara por primera vez que la edad adulta significa responsabilidad, no el estatus de "marido". "Hablaré", dijo. "Y... quiero que me creas."

Anna suspiró:

"Quiero que actúes. Y la fe vendrá después."

Epílogo: Un hogar es un hogar cuando tiene límites.

Una semana después, Zinaida Nikolaevna llamó. Su voz era seca:

"Pavel dijo que debería disculparme con tu hermana. Es humillante."

Anna respondió con calma:

"Es humillante gritarle a una chica en casa ajena. Pero disculparse es normal."

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