Hubo una pausa. Entonces su suegra murmuró:
"De acuerdo. Que así sea. Me... excedí."
No era cariño. Era una admisión de derrota. Pero para Anna, eso fue suficiente, porque lo principal que había cambiado no era su suegra, sino Pavel.
Dejó de guardar silencio. Empezó a decir que no. Con torpeza, con vacilación, pero empezó. Y un día, cuando Zinaida Nikolaevna volvió a intentar insinuar que «deberíamos registrar un permiso de residencia en el apartamento», Pavel respondió:
«Mamá, no te metas. Es decisión de Anya. Y la mía es respetarla».
Anna estaba cerca y, por primera vez, sintió que no estaba sola en casa.
Y Nadya seguía viniendo. Horneaba pasteles. Se reía con Lera. Y nunca más volvió a oír la palabra «vagabundo».
Porque Anna por fin había aprendido una verdad sencilla y salvadora:
El hogar no son paredes ni documentos. El hogar es un lugar donde nadie te grita.
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