Germán levantó la vista, sacado de su trance. Vio al niño acercarse y, extrañamente, no sintió ira. Sintió curiosidad. Había algo en la postura del pequeño, una dignidad trágica que resonó con su propio dolor.
El niño llegó al borde del ataúd. Sus manos sucias y temblorosas se posaron sobre la madera pulida. —Me prometiste que me enseñarías a dibujar casas grandes —susurró, con la voz quebrada por un llanto que luchaba por salir.
Germán dio un paso adelante, confundido. —¿Quién eres? —preguntó, su voz ronca por el desuso.
El niño se giró lentamente. Tenía el rostro bañado en lágrimas, pero su mirada era firme, una mezcla de miedo y valentía desesperada. —Soy Jaime. Era amigo de Alicia.
—¿Amigo? —Germán frunció el ceño. Alicia nunca había mencionado a un Jaime. —Nos veíamos en el parque —continuó el niño, hablando rápido, como si temiera que lo echaran antes de terminar—. Ella me llevaba galletas. Jugábamos a las escondidas. Ella decía que yo era su mejor secreto porque… porque su papá se enojaría si supiera que jugaba con un niño de la calle.
El corazón de Germán se estrujó. La imagen de su hija, bondadosa y pura, cobró vida en las palabras de ese extraño. Pero entonces, la expresión de Jaime cambió. El dolor dio paso a una urgencia aterradora. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano, miró a Germán a los ojos y luego, levantando un dedo acusador, señaló hacia el grupo familiar.
—Yo sé quién lo hizo —dijo Jaime, y su voz resonó con una claridad que heló la sangre de todos los presentes—. El asesino de su hija está allá atrás.
El silencio que siguió fue absoluto, casi violento. Jaime no bajó el dedo. Señalaba directamente al pecho de Miguel, el hermano de Germán.
—Lo vi —dijo el niño, temblando—. Vi cómo la subía al coche negro. Un coche grande, con vidrios oscuros. Alicia lloraba, no quería ir. Anoté las placas en un cartón porque tuve miedo.
Jaime sacó un pedazo de cartón arrugado de su bolsillo y se lo tendió a un oficial de policía que estaba en la esquina de la sala. El oficial tomó el papel, hizo una llamada por radio y, segundos después, su rostro palideció. Se acercó a Germán y susurró algo que hizo que el mundo del empresario se detuviera por segunda vez. El coche registrado con esas placas pertenecía a Miguel.
El caos estalló. Miguel gritaba que era un error, que él amaba a su sobrina, mientras la policía lo esposaba frente al ataúd de la niña. Germán miraba la escena, incrédulo, sintiendo cómo su familia se desmoronaba en pedazos. Se llevaron a su hermano, el hombre en quien más confiaba, acusado del crimen más atroz imaginable.
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