El funeral terminó en un torbellino de escándalo y dolor. La casa quedó vacía, salvo por Germán, que se sentía como un fantasma en su propio hogar, y Jaime, el niño callejero que había detonado la bomba de la verdad. Germán, movido por una gratitud extraña y la soledad, decidió no dejar al niño en la calle. “Quédate”, le dijo. “Hasta que sepamos toda la verdad”.
Pero esa noche, mientras la tormenta golpeaba los cristales de la mansión y las sombras se alargaban en los pasillos vacíos, Germán no podía dormir. Algo no encajaba. La mirada de Miguel mientras se lo llevaban no era la de un asesino; era la de un hombre derrotado, sí, pero había algo más. Y entonces, un ruido en el piso de arriba, proveniente de la habitación cerrada de Alicia, le heló la sangre.
Nadie en la casa dormía tranquilo, aunque el silencio reinara. Jaime, instalado en una pequeña habitación de huéspedes que le parecía un palacio, mantenía los ojos abiertos en la oscuridad. Tenía el instinto de supervivencia de quien ha crecido sin techo: sabía cuándo el peligro acechaba, y en esa mansión, el peligro no se había ido con la policía. Se sentía observado.
Héctor, el hijo de Miguel, se había quedado en la casa. Su tía abuela, que vivía en una casita al fondo del terreno, se había hecho cargo de él tras la detención de su padre. Héctor era un joven silencioso, de diecisiete años, con una sonrisa que nunca llegaba a sus ojos. Durante el día, se encerraba en su cuarto o caminaba por el jardín con pasos lentos, como si estuviera calculando las dimensiones de una jaula. Pero era de noche cuando la casa cambiaba.
Jaime comenzó a notar cosas extrañas. Una mañana, su reloj —un regalo sencillo que Germán le había dado— desapareció de su mesita de noche. Días después, encontró uno de los dibujos de Alicia roto en pedazos bajo su cama. Alguien estaba entrando en su cuarto mientras dormía. Alguien quería que se fuera, o peor aún, quería que Germán desconfiara de él.
Una tarde, mientras ayudaba a la empleada doméstica a limpiar el polvo, escuchó una conversación ahogada. Héctor hablaba por teléfono en el pasillo. —No, él no sabe nada… Es solo un mocoso sucio… Sí, se irá pronto. Yo me encargaré.
Jaime sintió un escalofrío. Sabía que hablaban de él. Decidió que no podía quedarse de brazos cruzados. Esa misma tarde, aprovechando que Héctor había salido al jardín, Jaime se deslizó hacia la habitación del muchacho. Sabía que estaba mal, sabía que si lo atrapaban lo echarían a la calle, pero el recuerdo de Alicia, su única amiga, le daba un valor que desconocía tener.
La habitación de Héctor era un caos ordenado. Libros, trofeos deportivos, ropa de marca. Jaime buscó en los cajones, debajo del colchón, sin saber exactamente qué buscaba, solo una señal, una prueba de esa maldad que sentía flotar en el aire. Y entonces, al fondo de un cajón de calcetines, sus dedos tocaron algo frío y metálico.
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