Lo sacó a la luz. Era una cadena de plata con un pequeño dije en forma de mariposa. Jaime ahogó un grito. Reconocía esa joya. Alicia nunca se la quitaba. “Es mi amuleto”, le había dicho ella una vez en el parque. “¿Qué hace esto aquí?”, pensó Jaime, con el corazón golpeándole las costillas. Si Miguel era el asesino, ¿por qué tenía Héctor el collar de la víctima?
Jaime corrió a buscar a Germán. Lo encontró en el despacho, bebiendo whisky y mirando una foto de Alicia. —Señor Germán —dijo el niño, sin aliento, poniendo el collar sobre el escritorio de caoba—. Encontré esto. En el cuarto de Héctor.
Germán se quedó paralizado. Tomó la cadena con manos temblorosas. Las lágrimas volvieron a sus ojos, pero esta vez, mezcladas con una furia naciente. —Esto… esto lo llevaba puesto el día que desapareció —murmuró Germán. Levantó la vista y miró a Jaime—. ¿Estás seguro de dónde lo sacaste?
—Estaba escondido en su cajón. Señor, Héctor me mira mal. Héctor me da miedo. Creo que… creo que él sabe más de lo que dice.
Germán se puso de pie. La tristeza se transformó en una determinación fría. —Vamos al cuarto de Alicia —dijo.
Nadie había entrado allí desde el funeral. El aire estaba viciado, conservando el olor a perfume infantil. Germán comenzó a revisar todo, buscando algo, cualquier cosa que su hija hubiera dejado. Jaime observaba en silencio. Fue el niño quien vio la esquina de un cuaderno asomando detrás de la casa de muñecas.
—¿Qué es esto? —preguntó Jaime, entregándole el cuaderno lila a Germán.
Era un diario. Germán se sentó en la cama de su hija y abrió las páginas. Al principio eran cosas triviales: dibujos, quejas sobre la escuela, menciones cariñosas a Jaime (“mi amigo secreto”). Pero las últimas páginas cambiaban de tono. La letra se volvía nerviosa, apretada.
“Hoy Héctor vino otra vez. Me mira raro. Me dice que si cuento sus secretos, algo malo le pasará a papá.” “Tengo miedo. Héctor se pone agresivo cuando tío Miguel no está. Me dijo que soy una niña mimada y que no merezco todo lo que tengo.” “Si algo me pasa, fue él. Fue Héctor.”
Germán cerró el diario de golpe. Un gemido de dolor animal escapó de su garganta. Todo encajaba. Las piezas del rompecabezas cayeron en su lugar con un estruendo ensordecedor. Miguel no había matado a Alicia. Miguel sabía quién lo había hecho y, en un acto de amor retorcido y desesperado, había asumido la culpa para proteger a su hijo, a ese monstruo que había criado.
—Prepara tus cosas, Jaime —dijo Germán, con una voz que no admitía réplica—. Vamos a salir.
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