Condujeron hasta la prisión estatal en medio de la noche. Germán usó sus influencias para conseguir una visita de emergencia. Cuando Miguel entró en la sala de visitas, parecía haber envejecido diez años en una semana. Al ver a Germán, bajó la mirada.
—Sé la verdad, Miguel —dijo Germán, poniendo el diario sobre la mesa de metal—. Lo sé todo.
Miguel se derrumbó. Lloró como un niño, ocultando el rostro entre las manos. —Yo… yo no quería que pasara —sollozó—. Llegué a casa y lo vi… estaba limpiando el coche. Encontré el cuerpo de Alicia en el maletero. Él estaba fuera de sí, decía que había sido un accidente, que solo quería asustarla, pero que se le pasó la mano… Es mi hijo, Germán. Es mi único hijo. No podía dejar que se pudriera en la cárcel. Pensé que podía salvarlo.
—¡Mató a mi hija! —rugió Germán, golpeando la mesa—. ¡Y tú me dejaste creer que fuiste tú! Me robaste la justicia, Miguel. Protegiste a un asesino y dejaste a tu hermano en el infierno.
—Perdóname… perdóname… —repetía Miguel, inconsolable.
—No soy yo quien te tiene que perdonar —dijo Germán, levantándose—. Vas a testificar. Vas a decir la verdad. O juro por la memoria de Alicia que hundiré a Héctor yo mismo.
El regreso a la mansión fue tenso. Germán tenía un plan. Llamó al inspector de policía, explicándole todo, mostrándole el diario, la confesión grabada de su visita a la cárcel. La policía rodeó la mansión discretamente.
A la hora de la cena, Héctor bajó al comedor con su habitual arrogancia. Se sentó a la mesa y miró con desdén a Jaime, que estaba sentado al lado de Germán. —¿Todavía sigue aquí el recogebasuras? —preguntó Héctor, cortando un trozo de carne.
Germán dejó los cubiertos con calma. —Jaime se queda. Es familia. Quien se va a ir eres tú, Héctor.
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