El muchacho se detuvo. —¿De qué hablas, tío? —Hablo del diario de Alicia. Hablo del collar que escondiste en tus calcetines. Hablo de tu padre, que acaba de confesar que tú la mataste.
La cara de Héctor se transformó. La máscara de indiferencia cayó, revelando una mueca de odio puro. —Ese viejo estúpido… siempre fue débil —siseó Héctor, levantándose bruscamente—. Ella se lo merecía. Siempre con sus vestidos caros, siempre la princesa de la casa, mirándome por encima del hombro. ¡Solo quería que se callara! ¡No dejaba de llorar!
—¡Estás confeso! —gritó el inspector, irrumpiendo en el comedor con tres oficiales más.
Héctor intentó correr hacia la puerta trasera, pero era tarde. Lo inmovilizaron contra el suelo. Mientras lo esposaban, gritaba insultos, culpando a su padre, a Germán, a Alicia, al mundo entero por su propia oscuridad. Jaime observaba desde la esquina, abrazado a sí mismo, viendo cómo el verdadero monstruo era finalmente capturado.
Días después, la puerta del penal se abrió de nuevo. Esta vez, para dejar salir a un hombre. Miguel caminó hacia la luz del sol, parpadeando, con una bolsa de plástico en la mano que contenía sus pocas pertenencias. Germán lo esperaba junto al coche.
No hubo abrazos efusivos. El daño era profundo, las cicatrices tardarían años en sanar, quizás nunca desaparecerían del todo. Miguel había traicionado a su hermano de la peor manera posible, pero también había perdido a su hijo para siempre. Ambos eran padres rotos por la misma tragedia.
—No sé si podré perdonarte algún día —dijo Germán, mirándolo a los ojos—. Pero Alicia no querría que te odiara. Y Jaime… Jaime necesita ver que el bien puede ganar.
Miguel asintió, tragándose las lágrimas. Subió al coche en silencio.
Al llegar a la mansión, el ambiente había cambiado. Ya no se sentía fría. En el jardín, bajo el gran roble donde Alicia solía jugar, Jaime estaba sentado en el columpio. Al ver llegar el coche, corrió hacia ellos. No corrió hacia Miguel, sino hacia Germán, abrazándolo por la cintura.
Germán acarició el cabello del niño. Miró a su hermano y luego a la inmensa casa que se alzaba frente a ellos. —Hay mucho espacio aquí —dijo Germán—. Demasiado para un solo hombre.
Jaime levantó la vista, con los ojos brillando de esperanza. —¿Me puedo quedar? ¿De verdad?
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