—Esta es tu casa ahora, hijo —respondió Germán, y por primera vez en semanas, una sonrisa genuina, aunque triste, asomó a sus labios—. Tú nos salvaste. Tú trajiste la verdad.
El tiempo pasó, y aunque el dolor por la ausencia de Alicia nunca se desvaneció por completo, se transformó en algo más suave, como una brisa constante en el jardín. Miguel se dedicó a trabajar la tierra, buscando redención en el cuidado de las rosas que tanto le gustaban a su sobrina. Germán encontró en Jaime una razón para levantarse cada mañana, un propósito para seguir siendo padre.
Y Jaime, el niño que un día interrumpió un funeral con los zapatos rotos y el alma valiente, aprendió que la familia no siempre es la sangre que corre por las venas, sino la lealtad, el amor y el valor de permanecer juntos cuando el mundo se derrumba. Alicia ya no estaba para enseñarle a dibujar casas grandes, pero Jaime se prometió que, algún día, construiría una donde ninguna puerta estuviera cerrada para un niño que necesitara un hogar.
En el silencio del atardecer, mientras los tres miraban el horizonte, parecía que una risa infantil, ligera y dorada, se mezclaba con el viento, bendiciendo aquel nuevo y extraño comienzo.
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