El fideicomiso establecía claramente que el terreno bajo el hotel —y el propio nombre Bellmore— no pertenecían a la corporación, sino a Eleanor Vance personalmente. La empresa que controlaban sus hijos era simplemente una inquilina.
Sin el terreno ni el nombre, no tenían nada.
La tristeza desapareció de sus ojos, reemplazada por una claridad nítida.
En lugar de ir a la residencia de ancianos, se dirigió a una cafetería abierta las 24 horas e hizo una llamada.
"Arthur", dijo. "Es hora. Activa el Protocolo Fénix".
Arthur Bennett, el veterano gerente general del hotel —despedido ese mismo día por ser "demasiado mayor"— llegó en cuestión de minutos. Leal y constante, había respaldado discretamente los registros financieros antes de perder el acceso.
Durante las seis semanas siguientes, mientras sus hijos malgastaban los fondos de la empresa en eventos extravagantes y expansiones imprudentes, Eleanor trabajaba desde una modesta habitación en Queens.
Los registros que Arthur guardó revelaron la verdad: Julian y Clarissa no solo la habían traicionado, sino que también habían cometido fraude. Desviaron fondos de manutención y pensiones de empleados a cuentas en el extranjero a través de empresas fantasma.
Ella había criado lobos.
Pero en lugar de rendirse, se convirtió en la cazadora.
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